«Vista desde lejos la actual guerra de Trump en Irán pareciera ser otra aventura imperial insensata más».

La operación bautizada por el ejército norteamericano como Epic Fury y que el pasado 28 de febrero acabó con la vida del líder supremo religioso y político de Irán, el ayatolá Ali Jamenei, fue presentada por el Presidente Donald Trump a su país y al mundo como un nuevo y rotundo éxito de la gran potencia que él encabeza contra un enemigo de la humanidad, maligno en extremo. Y es que sin mayores pérdidas para la fuerza atacante y en un abrir y cerrar de ojos Estados Unidos e Israel liquidaron no sólo al líder del islam chiita sino también a un buen número de sus colaboradores más cercanos y de esa manera se consideró que se daba el golpe definitivo a un sistema político calificado desde años atrás como un peligro para Washington, Israel, el Medio Oriente y el mundo por intentar desarrollar su propio arsenal atómico.

Desde la óptica del círculo que rodea al jefe de la Casa Blanca el Irán de los ayatolas es un país con un gobierno capturado por un poder teocrático centralizado y autoritario y maligno en extremo pero que ahora, dado el descontento popular acumulado en su contra desde de su implantación en 1979 combinado con la súbita desaparición de su líder supremo, se abrían las puertas a un cambio de régimen más acorde con las necesidades de Estados Unidos y de sus aliados, como ya había sido el caso en otro país petrolero: Venezuela.

Hasta el momento de escribir estas líneas las cosas no parecieran estar marchando por el camino que Washington anticipaba, aunque aún es demasiado pronto para sacar conclusiones definitivas. Para intentar empezar a entender lo que está pasando hoy en Irán y en el Medio Oriente se puede empezar por una conclusión: por esa a la que ya llego hace días un análisis confidencial preparado por el Consejo Nacional de Inteligencia de Estados Unidos (NIC) -una organización creada en 1979 para elaborar reportes independientes con insumos de académicos y del sector privado sobre la situación del sistema internacional y de sus efectos sobre los intereses de Estados Unidos- según la cual es improbable que sin un ataque directo que implique poner boots on the ground, es decir sin una invasión en forma, Estados Unidos no podrá alcanzar el objetivo anunciado por Trump: la rendición incondicional del régimen islámico iraní con un liderazgo aprobado por Washington.

Y es que lo imbricado de la relación entre las fuerzas armadas de Irán, que son varias, y los ayatolas chiitas hace imposible desalojar del poder a los segundos sin neutralizar antes a las primeras, es decir a la Guardia Islámica Republicana (GIR) un cuerpo que se calcula que cuenta con 150 mil a 190 mil efectivos, a los que se deben añadir 350 mil del ejército regular de tierra, 55 mil de la armada y la fuerza aérea más los paramilitares o Basij que se estiman en otros 220 mil.

Justo como el NIC lo vaticinara, a la semana de la muerte del ayatola Alí Jamenei, la llamada Asamblea de Expertos ya eligió a un sucesor: a uno de los hijos del líder asesinado, a Mojtaba. Y resulta que Mojtaba Jamenei no es lo busca Trump pues es otro ayatola identificado con las políticas de su padre -fue su ayudante directo- y con ligas estrechas con los mandos de la GIR -sirvió en sus filas- y con otros cuerpos armados. Es verdad que Israel ha asegurado que tiene la capacidad de eliminar a cualquier líder iraní que insista en mantener la línea dura de la revolución islámica. La amenaza es creíble, pero hasta ahora los eventos no parecieran apegarse al libreto escrito en Venezuela: aún no aparece la Delcy Rodríguez de Irán.

Entonces ¿Para qué fue la Guerra? Desde el lado pronorteamericano, la revista inglesa The Economist (05/03/28) sostiene que sin lograr presentar una explicación coherente las acciones militares llevadas a cabo por la dupla Estados Unidos-Israel son espectaculares demostraciones de fuerza, pero sin un objetivo de fondo. Y es que ese  objetivo no puede a ser sólo el mostrar al mundo el dominio norteamericano e israelí de la guerra aérea -eso ya lo hicieron al destruir las instalaciones nucleares de Irán- o su capacidad para eliminar a otro líder indeseable para ellos eso también ya lo hicieron en Venezuela, pero hasta hoy  el supuesto corazón del mal, el régimen perverso (wicked), persiste y lo que hasta hoy pareciera estar ocurriendo en la antigua Persia es la generación de violencia por el solo placer que puede dar al fuerte la impotencia del débil.

Desde la perspectiva del gobierno de Israel la estrategia es clara y lógica: después de arrasar Gaza, de seguir asfixiando a Cisjordania y de enterrar para siempre la posibilidad de un Estado Palestino, el siguiente paso es seguir consolidando a Israel como el poder hegemónico de la región mediante la reducción a la impotencia a Irán, su único poder rival. Finalmente, con su participación la operación Epic Fury Israel confirma que Estados Unidos es su gran valedor.

¿Pero el objetivo de Washington es sólo reafirmar a Israel como el poder militar sin rival en el Medio Oriente? Quizá no. Una de las raíces de los conflictos del siglo XX y lo que va del actual en el Medio Oriente es el petróleo, la gran fuente de energía de la economía mundial moderna. En 1901 los ingleses empezaron a buscar petróleo en la vieja Persia y en 1908 lo encontraron. De inmediato procedieron a formar la Anglo-Persian Oil Company (hoy British Petroleum) con participación mayoritaria del gobierno inglés. Durante la 2° Guerra Mundial Irán fue ocupado conjuntamente por británicos y soviéticos precisamente para impedir que los nazis se hicieran con el combustible. Esa ocupación extranjera tuvo como efecto secundario alentar el crecimiento del sentimiento nacionalista y en 1953, en medio del ambiente propio de la Guerra Fría, un Primer Ministro de Irán nacionalista y electo democráticamente, Mohammad Mosaddeq, se atrevió a nacionalizar el petróleo, pero pronto fue derrocado como resultado de la llamada “operación Ajax”, un complot orquestado conjuntamente por la CIA y el MI6 británico. A raíz de ese golpe, el Sha reinante, Reza Pahlaví se transformó en monarca absoluto pero dependiente del apoyo angloamericano y del ejército. Con esa base apoyo el sha se empeñó en “occidentalizar” a Irán, pero sin tener el respaldo de la población. En 1979 que ese monarca represivo, extranjerizante, impopular y nada provo, enfrentó movilizaciones de protesta masivas a las que intentó reprimir sin éxito y al final perdió el apoyo de su ejército y debió exiliarse.

Tras la caída del sha, Irán se convirtió en lo que Washington y Londres nunca previeron: en una teocracia chiita dura y gobernada por ayatolas enemigos irreconciliables del “gran satán”, es decir de Estados Unidos. Washington buscó entonces acabar con el régimen de los ayatolas apoyando a su vecino sunita, Sadam Hussein, el hombre fuerte de Irak y que atacó a Irán. Tras una larga guerra de trincheras y desgaste (1980-1988) el conflicto se empantanó. Fue entonces que Estados Unidos se lanzó a una invasión en forma ¡pero no de Irán sino de Irak pero sin ganarse por ello el respaldo de Irán! Un verdadero y muy violento lío.

Vista desde lejos la actual guerra de Trump en Irán pareciera ser otra aventura imperial insensata más. Según cálculos del New York Times (10/03/26) sólo en los primeros seis días el conflicto le ha costado a Estados Unidos pocas bajas, pero muchos dólares: 11 mil millones. Y es aquí donde reemerge el petróleo como un factor explicativo de lo algunos han calificado como una irracional “war of choise” o una guerra no necesaria sino buscada por el lado norteamericano. Sin embargo, el actual conflicto y cobra sentido para Washington si se acepta que lo que busca ya no es el petróleo mismo -tiene de sobra- sino el control sobre los destinos de ese combustible. Y resulta que el principal destino del petróleo de Irán es China, como también lo era también el de Venezuela. Como se sabe, China es vista por Trump, y con razón, como el gran rival de su país a nivel mundial y por tanto controlar una parte del flujo del combustible que alimenta a la economía china pudiera ser parte de la explicación del conflicto que tiene lugar hoy en el Medio Oriente: se trata de la pugna global entre una potencia en ascenso y otra en descenso y a la defensiva.

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Por Lorenzo Meyer Cossio

Lorenzo Meyer Cossío. Es historiador y politólogo especializado en las relaciones internacionales y en los procesos políticos de México. Obtuvo su licenciatura y doctorado en Relaciones Internacionales en el Centro de Estudios Internacionales (CEI) de El Colegio de México(Colmex), y un posdoctorado en Ciencia Política por la Universidad de Chicago. Es autor, coautor y editor de más de 30 libros de referencia sobre historia y política de México. Tiene distinciones nacionales e internacionales como las de Profesor Emérito del Sistema Nacional de Investigadores del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, Profesor Emérito de El Colegio de México y Premio Nacional de Ciencias y Artes de México en 2011.

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